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Ficha Técnica
Título: Disciplina Y Límites: Muestras De Amor
Editorial: Norma
ISBN: 9700905349
Código de barras: 9789700905341
Código contable: 28007832
Autor(es) María Rosas
Color de páginas: Blanco
Adicional: Hijos disciplinados, ¿misión imposible? Tres semanas antes de la fecha de su aniversario de bodas, Laura y Jorge nos invitaron a la comida con la que lo celebrarían. Lo hicieron con tanta anticipación, supongo, porque sabían que generalmente se nos dificulta dejar encargados a los niños. Pero en esta ocasión no teníamos pretexto para faltar y ellos no nos acompañarían. Logramos que Natalia se quedara con la abuela, y José no era problema: tenía una excursión con los scout (niños exploradores) que duraría por lo menos hasta las seis de la tarde. Después de mucho tiempo de no salir juntos, la idea de hacerlo sin hijos y comer en compañía de un grupo de parejas realmente divertidas, a mi esposo y a mí nos parecía como un regalo enviado del cielo. Sin embargo, con niños nunca se sabe lo que el día depara, y esta vez no fue la excepción: mi hija quiso acompañarnos y el paseo de José acabó antes de lo planeado. Debido al imprevisto retorno de nuestro scout, mi esposo tuvo que abandonar la comida a las cuatro de la tarde, con la idea de regresar. Pero no volvió. Al llegar al parque por el niño, el jefe del grupo de los excursionistas se quejó amargamente de su comportamiento, advirtiéndole al pequeño que si durante la siguiente semana se portaba mal en casa no podría volver al grupo. La consecuencia de la errada conducta del niño ya había sido anunciada por el jefe del grupo. Era suficiente, y José lo lamentaba de verdad, porque finalmente había logrado integrarse —y yo diría que hasta había llegado a querer— a su clan de niños exploradores, y lo que menos quería era perderlos. Pero como muchos papás de ahora estamos convencidos de que “los niños vienen tremendos” y nunca hay suficientes sanciones para su mal comportamiento, Guillermo, mi esposo, decidió aplicar el castigo de inmediato y lo llevó directamente a casa después de recogerlo. Por supuesto que se tuvo que quedar ahí con el niño, y a la comida ya no volvió. Además le prohibió ver durante una semana su programa de TV preferido. ¿Sería suficiente para José? ¿Entendería el niño que debía portarse bien después de aquella desbordada secuela de medidas en contra de su mal comportamiento? Probablemente no, y las razones son muy simples. El chico no comprendía por qué lo llevaban a su casa castigado y, por si fuera poco, le dejaban una semana sin ver la televisión, si ya había sido sentenciado con no volver a los scout a menos que se portara bien. “¿Qué peor castigo que ése, mamá?”, me preguntó el niño aquella noche. Recuerdo que también me reclamó el que no le hubiéramos preguntado las razones de su conducta, que para nosotros, en ese momento, eran lo de menos. Ciertamente mi esposo reaccionó de acuerdo con su convicción de lo que era mejor para el niño en aquel instante. Sin embargo, el resultado del exceso de correctivos fue negativo para todos. Al castigar al niño en casa, Guillermo se castigó a sí mismo porque ya no pudo regresar a la reunión. José se comunicó conmigo llorando para preguntarme si lo quería a pesar de haberse portado mal. Yo también resulté perjudicada. La idea de permanecer sola francamente no se me antojaba. Era la única comensal que no estaba con su pareja y tuve que despedirme de los amigos, y no de muy buena gana, mucho antes de lo previsto. Dos días después, José estaba instalado frente al televisor viendo su programa favorito. La sanción había sido retirada. ¿Valió la pena el mal momento que tuvimos que pasar todos cuando hubiera sido tan fácil aplicar una, sólo una consecuencia lógica al mal comportamiento de José? Creo que no. Una mamá de las muchas que entrevisté para saber cómo manejan el asunto de los límites y la disciplina en la vida cotidiana con sus hijos, me explicó que en esas materias, así como en todo lo concerniente a los castigos, ni ella ni su marido eran modelo a seguir. “Un día mi hija Paola”, de 11 años de edad, y a punto de entrar en la preadolescencia, “aventó la mochila de su hermano menor, dañando sus cuadernos y libros de la escuela. Ricardo, mi esposo, y yo, estábamos planeando pasar el fin de semana fuera de la ciudad, pero fue tanto mi enojo al oír el llanto del niño por lo sucedido que le dije a Paola que no iríamos a ningún lado y me puse a recoger, junto con mi hijo, la mochila y los útiles. Recuerdo que mi hija lloraba y lloraba sintiéndose profundamente culpable y atemorizada por la reacción de su papá cuando se enterara de lo sucedido. Era miércoles, y las amenazas estuvieron presentes jueves y viernes, días en los que la niña se sintió muy mal y lloraba cada vez que se acordaba. Insistía en que no era un castigo justo. Cuando llegó el fin de semana, como te podrás imaginar las amenazas no se cumplieron; ni quién se acordara de ellas, y nos fuimos todos muy contentos de viaje. Paola invitó a su mejor amiga y la pasamos muy bien”. ¿No hubiera sido mejor que esta arrepentida mamá obligara a su hija a recoger las pertenencias de su hermano y exigirle una disculpa en el momento preciso de la agresión? Sí, sin duda hubiera sido una consecuencia lógica y acorde con la acción de la niña. Se hubieran evitado llantos, resentimiento y amenazas. Pero que tire la primera piedra el padre de familia al que no le haya pasado algo similar. Casi todas las mamás que conozco han perdido la paciencia unas cuantas veces, y también han amenazado a sus hijos con un castigo que difícilmente podría ser cumplido. El problema es cuando las amenazas y los castigos incumplidos se convierten en parte medular de la relación con nuestros hijos. La disciplina, los límites, los castigos, los gritos y los golpes son temas que preocupan a cualquier papá del planeta. Cuántas veces hemos escuchado a padres afligidos preguntarse si no estarán consintiendo demasiado a su hijo. Cuestionarse sobre la forma en que están educando a sus niños. Afirmar que sus padres lo hicieron mejor: “En mi caso, una mirada de mi papá era suficiente para hacerme obedecer; en cambio con mi hijo me puedo sacar los ojos y éste ni se entera de mi enojo”, cuenta Mónica Fernández, mamá de dos niños. También hemos oído a muchos padres de familia asegurar que “una nalgada a tiempo es mejor que tolerar los berrinches de los chicos”. Pero predominamos las mamás que amenazamos a los niños sin siquiera detenernos a pensar un poco en lo que estamos diciendo y, generalmente, no podemos llevar hasta el final las consecuencias. Lourdes Laborde tiene dos hijos, una pequeña de nueve años y un niño de 11; ella se encarga de llevarlos cada mañana a la escuela. Generalmente ese recorrido matutino transcurre sin problema, pero una mañana los niños empezaron a discutir acerca del color del coche que circulaba al lado hasta que Linda, la hija, empezó a llorar. El hermano inició su retahíla de críticas en contra de “la chillona de su hermana” hasta que la mamá, al cuarto grito y manotazo sobre el volante, les advirtió que si no se callaban los obligaría a seguir el viaje solos en un taxi. Por supuesto, los chicos no le creyeron porque ya estaban acostumbrados a todo tipo de amenazas; así el pleito y los llantos continuaron. Lourdes se detuvo y bajó del coche hecha una furia frente a la atónita mirada de los niños. Sin embargo, al ver el reloj y darse cuenta de que tenía solamente ocho minutos para llegar a la escuela desistió de su amenaza advirtiendo a los pequeños que la próxima vez sí la cumpliría. Linda y Fernando voltearon a verse con cara de “¿Tú le crees?” “¿Qué querías que hiciera, que los mandara en un taxi exponiéndolos a que les pasara algo? Además estaban a punto de cerrarme la escuela”, explica Lourdes un tanto preocupada al sentir descubiertas sus incongruencias. Ella no sabe que lo que trato de hacer al dar a conocer todos estos testimonios es que las mujeres que tenemos la fortuna de ser madres nos demos cuenta de que a todas nos pasa lo mismo. Luchamos sin cesar por tener hijos felices, ordenados y racionales, pero a pesar de nuestros esfuerzos, nos equivocamos. Todas las noches sacamos uno de los numerosos libros que prometen —no siempre con los mejores resultados— enseñarnos a disciplinar a nuestros hijos, pero en la mañana, cuando tenemos encima el peso de la realidad (niños, desayunos, escuelas, uniformes, mochilas, maridos que reclaman atención, etcétera), se nos olvida todo lo que nos explicó nuestro autor de cabecera. De acuerdo con el doctor Arturo Mendizábal, psiquiatra infantil, acostumbrado a hablar con todo tipo de papás y a tratar toda clase de problemas infantiles: “La falta de consistencia de los padres de hoy con respecto a los límites tiene algunas explicaciones. La primera es que sienten mucha culpa. Culpa con el niño, culpa de dañarlo, de lastimarlo, de ser un mal padre o madre, de arruinarlo. Piensan, erróneamente, que corregir al niño implica un daño irreversible. Y eso se ha difundido mucho generando que los padres de familia vivan con niños a los que sólo se atreven a ‘tratar con pinzas’; pequeños a los que no pueden limitar o regañar. Otra razón es la cantidad de información que los papás reciben del exterior. Hoy en día encontramos un mercado editorial lleno de ofertas técnicas acerca de cómo ser papá. Así, en lugar de mamás tenemos seres muy asustados que no saben qué hacer. El famoso instinto maternal ha sido enterrado bajo toneladas de consejos, y se cree que los niños son una especie de aparatos que requieren de un instructivo”. De acuerdo con ello, la culpa es un acompañante constante en el proceso de criar y educar hijos. En los testimonios relatados encontramos que, como resultado de la culpa que sentimos al imponer castigos y amenazas a nuestros hijos, José pudo ver su programa predilecto todos los días, los papás de Paola no sólo no suspendieron su fin de semana fuera de la ciudad sino que también le permitieron a la niña invitar a una amiguita; y Fernando y Linda, los hijos de Lourdes, llegaron a la escuela a tiempo y en el automóvil de mamá. En lo personal amenazo y muy pocas veces cumplo los castigos. ¿Por qué? Porque me cuesta trabajo ejecutarlos: siento terror ante la tristeza de mis hijos al no ver su programa predilecto; si pelean en la mesa y les pido que se levanten, comienzo a sentir una fuerte angustia por el hecho de que se queden sin comer. Soy enemiga de los golpes; sin embargo los gritos no me funcionan debido a que no hay firmeza en ellos y sí mucho contenido que tiene que ver con mis propias frustraciones. Aunque me cuesta trabajo reconocerlo, mis hijos se dan cuenta de que muchos de los castigos y reglas que impongo obedecen más a mi estado de ánimo que a otra cosa. Conclusión: no me hacen caso. Ofelia de la Fuente, mamá de Mariana —de nueve años— y Alejandra —de 13—, cuenta que ella, al igual que todas las mamás, ha ido aprendiendo en el camino. “Hasta hace un par de años, la forma de poner límites o imponer castigos se regía por mis tiempos y estados de ánimo: si tenía prisa todo debía ser rápido. Tenían que comer rápido, hacer rápido la tarea, bañarse en un parpadeo. Mis límites se basaban en la famosa teoría del ‘no, bueno mejor sí; no, mejor no; mejor después’. Asimismo, si me sentía más tranquila les permitía que hicieran la tarea más tarde y todo podía ser más relajado. Sin embargo, ahora me doy cuenta que mi incongruente sistema educativo no funciona”, me dice, riéndose de sí misma. “Las niñas estaban confundidas y aprendieron que lograban lo que querían cuando yo estaba de determinado humor. Ahora he encontrado una fórmula basada en el ‘tú me das, yo te doy’, la cual me ha funcionado muy bien. Ahora la relación con mis hijas en cuanto a límites es mejor y mucho más congruente. El ‘dar y dar’ tal vez sea poco novedoso, pero sigue siendo el mejor camino. Si Alejandra quiere un permiso, sabe que para obtenerlo tiene que ofrecerme antes algo a cambio. Por ejemplo, terminar temprano la tarea durante toda la semana, evitar que le repita durante los cinco días escolares que ponga la mochila en su lugar, etcétera. Creo que es un buen sistema y estoy viendo estupendos resultados.” ¿Qué son los límites? Los límites son un principio elemental en la formación de los hijos. De hecho, dicen metafóricamente los expertos, los niños los traen incluidos al nacer, como pequeños aditamentos que debemos aprender a operar sin miedo. De acuerdo con el doctor Mendizábal, los niños muy pequeños tienen problemas para distinguir entre realidad y fantasía. La educación que reciben entre los tres y cinco años de edad es la que los ayuda a conocer la diferencia entre las mismas. Los límites permiten que el niño distinga entre lo que puede y no puede hacer y si el niño no los recibe de manera firme y constante se confunde. Alrededor de los cinco años los chicos deben diferenciar entre lo que es fantasía y realidad y eso sólo lo pueden lograr a través de la acción de los límites. Los expertos en materia educativa afirman que los límites tienen la función de orientar al niño para que aprenda a afrontar las exigencias del mundo en el que se desarrolla. En su libro Límites a los niños. Cuándo y cómo, las doctoras alemanas Cornelia Nitsch y Cornelia Von Scheling aseguran que los límites son medios de ayuda y pilares importantes que limitan el terreno de juego para que el niño pueda moverse en éste de una forma segura y protegida. De acuerdo con las especialistas, los mejores maestros en el arte de poner límites son los propios niños. “Los padres de hoy tienen miedo de imponer demasiadas prohibiciones y castigos o de mostrar dominio excesivo; la educación autoritaria les aterroriza. Son más tolerantes, más liberales y más amistosos que los padres de antes, pero a la vez les cuesta trabajo desarrollar un concepto de educación. No hay duda que los niños perciben el grado de inseguridad de sus padres, de lo desamparados y vulnerables que son. Así es como se produce un cuestionamiento continuo de reglas y límites, sin embargo, a muchos pequeños les han permitido tener tanto poder que no muestran el menor respeto por las necesidades de las demás personas, pero en el fondo, lo que piden a gritos es sentir una mano firme.” Casi todos los padres de familia estamos en desacuerdo con la forma en la que fuimos educados, aunque en el discurso muchos aceptemos que sí nos ayudó. Yo recuerdo, por ejemplo, que en casa obedecíamos por temor más que por convicción. Y en un acto de disculpa a mis padres por su autoritarismo, en acaloradas conversaciones con otras mamás he defendido la forma irracional con la que me educaron. Jamás se nos explicaban las razones de nada, y los argumentos de nuestros padres se basaban en la teoría del “no te doy permiso porque no quiero y yo mando”. Mi amiga Estela creció sin televisión porque en un arranque de autoritarismo, su padre le prohibió verla para siempre. A ella no le pasó nada por crecer sin tener una, pero a sus 43 años de edad, aún se revela ante el recuerdo de aquel castigo. “Mi papá era implacable con las sanciones y los límites”, recuerda, “además era frío y muy autoritario. Yo he tratado de no repetir ese patrón con mis hijos, pero tampoco sé muy bien hacia dónde debo dirigirme. Los adolescentes ya no permiten ser castigados, siempre piden explicaciones y si te descuidas ‘hasta te pegan’”, comenta acongojada. ¿Cuántas mamás conocemos que no saben decir que no por miedo a parecer autoritarias? Las vemos en el supermercado repitiendo una y otra vez “deja eso” y las encontramos en las calles jalando al niño quien está haciendo un berrinche porque no le compran el juguete de moda. Tal vez nosotras mismas hemos sido víctimas del “haz aquello”, “vas a ver llegando a la casa”, “es la última vez que te lo digo”, etcétera, pero no nos sentimos capaces de hacerle sentir a los niños que nosotros somos los adultos y ponemos los límites. Una de las claves para ser un buen papá es darle al hijo su lugar, explica Arturo Mendizábal, pero no un lugar ideal, ni privilegiado, sino un lugar más dentro de la familia. Esto cuesta mucho trabajo entenderlo debido a la idealización de la infancia. “Todos los seres humanos crecemos e idealizamos nuestros primeros años de vida. Todos. Así, queremos que los hijos vivan una infancia ejemplar, ideal. Queremos convertir a nuestro hijo en una especie de ‘salvador’ y nosotros ocupar el papel de ‘héroes’ y demostrarle a la humanidad que podemos criar un hijo sin los errores que nuestros padres cometieron con nosotros mismos. Esto no es posible porque simplemente no se puede educar a un niño sin límites, sin disciplina.” Esto suena muy bien, sin embargo es difícil recordarlo cuando estamos frente a una situación difícil con los niños.
Formato: 13.5 x 20
No páginas: 144
Encuadernación: Rústica
Derechos: América Latina

Familia y padres
Disciplina Y Límites: Muestras De Amor
Producto Descontinuado
Autor(es)
María Rosas

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La colección Educación y Formación Familiar es una serie de libros interactivos que, con un lenguaje sencillo, ágil y divertido, describen las situaciones clásicas que todos los padres hemos vivido.

Comentarios de los usuarios


ES UN LIBRO GENIAL
Calificación del usuario
Excelente libro, me ayudo mucho a comprender a mi hijo de 2 años; así como a reorientar la forma en que lo estoy educando. ESTE LIBRO ES UNA LUZ EN EL SENDERO DE LOS PADRES. Me sentí apoyada, comprendida, además de un consuelo de saber que no soy la "única".



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