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Familia y padres > Educando a los hijos

Ficha Técnica
Título: La buena crianza
Editorial: Norma
ISBN: 9580459983
Código de barras: 7706894077724
Código contable: 26007772
Autor(es) Annie de Acevedo
Adicional: LOS PADRES TAMBIÉN CAMBIAMOS Y NOS DESARROLLAMOS EN EL PROCESO DE CRIAR Los primeros años de vida de un niño le afectan mucho a él, pero también tienen efectos duraderos en nosotros. Si uno mira hacia atrás, se da cuenta de que era otra persona antes de tener hijos. Los hijos también forman a los padres. Es un camino de doble vía. Nos vamos modelando y cada uno le enseña algo al otro. A medida que su hijo crece y se desarrolla, usted también crece. Es tan fascinante este cambio que cada hijo en una familia numerosa, tuvo o tiene una mamá y un papá diferentes. Uno no es el mismo con cada hijo tam-poco. Esto depende de la personalidad y del mo- mento de la vida del hijo. Con el bebé hay que ser de una manera y con el adolescente, de otra. Pero siempre existe un común denominador: el vínculo con el cual nos conectamos a nuestros hijos. También está el factor edad de los padres. Los padres muy jóvenes son menos protectores, más ingenuos y más dispuestos a tomar riesgos. Los padres ma- yores tienden a ser más temerosos y protectores. A pesar de estas diferencias, podemos hablar de tres etapas muy definidas en el desarrollo de los padres. En primera instancia está la etapa del protector, que procura sobre todo proteger al hijo de los peligros del mundo. Esto empieza desde el naci-miento y sigue hasta aproximadamente los 8 años. Aquí nuestra función como padres es apaciguar miedos, enseñarle las cosas básicas y darle mucha supervisión. Durante estos años el niño necesita mucho de la protección de sus padres para entender cómo son los juegos de la vida. Sin esta supervisión y esta guía los hijos no podrían salir adelante en la siguiente etapa. La segunda etapa va de los 8 años a los 12. Aquí el niño sale más de su casa y se mueve hacia el mun-do externo. Sus amigos empiezan a tener una in- fluencia importante y los niños buscan hacerse amigos de sus padres. Esta etapa se caracteriza por la camaradería que se desarrolla entre padres e hijos. Los papás juegan con los niños que ya han crecido y son capaces de interactuar en el juego. Aquí la supervisión ya no es tan importante como la camaradería y la compañía. Más tarde hay que adaptarse a la adolescencia, donde lo que prima ya no es la supervisión ni la re- creación sino la compañía. Los adolescentes necesi-tan una presencia que les ayude a entender el mundo y a desarrollar criterios propios. Necesitan una guía clara, pero no tan cercana como cuando eran más pequeños. En realidad el hecho de ser padres nos obliga a crecer mucho y de hecho lo hacemos. ¡Ojalá seamos también capaces de disfrutarlo! La Adolescencia La adolescencia es una época tanto de grandes esperanzas e ilusiones, como de dificultades y tropiezos. Es una etapa de transición en la cual se necesita mucha paciencia de parte de padres e hijos. Además de paciencia, también se necesita información para lograr que esta etapa de la vida sea más feliz y estable. La adolescencia es la etapa en que los niños se convierten en adultos, pero esto es un proceso y por un tiempo no son ni lo uno ni lo otro. Los cambios físicos se producen a veces abruptamente y pueden generar una gran tensión en los jóvenes. Los cambios hormonales también son monumentales: pasan de no tener hormonas a tener demasiadas, y todo esto tiene un impacto en la ”identidad”. Ya no son los mismos, por lo menos físicamente, pero tampoco saben quiénes son ahora. La tarea de un adolescente es averiguar quién es él, cuál es su nueva identidad. Todo lo que hace y dice tiene que ver con la búsqueda de su identidad. Por todo esto, la adolescencia se ha convertido en un pequeño monstruo al que aparentemente hay que temer. Pero no es tan terrible y se puede salir victorioso de esta travesía si se hace con mucho amor, humor e información. La siguiente es una breve guía para ayudar a los padres a pasar con sus hijos una adolescencia menos traumática: En primer lugar, los padres deben disfrutar de sus hijos adolescentes, aunque no entiendan sus silencios. Pasar ratos con ellos que sean divertidos para ambos. Ir a comer, al cine, empezar a vivir una nueva etapa con esos hijos que ya pueden ”acom-pañar” y que no hay que cuidar como a niños pequeños. En segundo lugar, los padres deben recordar que la adolescencia es una época en que el ánimo tiene constantes fluctuaciones, y a veces ni los jó-venes mismos saben por qué están molestos. Hay que ayudarlos a reflexionar sobre sus cambios de opinión y mostrarles cómo esto no los afecta sólo a ellos sino también a otras personas. Además no hay que tomarse tan en serio los momentos en que el adolescente se molesta. En tercer lugar, hay que validarles su adoles-cencia. Los padres deben mostrarles a los jóvenes que sí entienden lo que les está pasando porque también pasaron por una época así. Es bueno contarles anécdotas y aventuras de esa época, para establecer una conexión que les permita seguir teniéndose confianza mutua. En cuarto lugar, los padres deben separar regu-larmente un tiempo para estar con sus hijos adoles- centes. Muchos piensan erróneamente que porque su hijo ya creció, no necesita tanta supervisión. Esto es un error. El adolescente necesita mucho a sus padres, al igual que necesita límites y normas, pero con un poco más de flexibilidad. En quinto lugar, los padres deben dejar que su hijo aprenda de sus errores y acompañarlo a celebrar sus victorias. No deben sobreprotegerlo y sí permi-tirle que empiece a asumir la responsabilidad de sus proyectos, trabajos y deberes. Ojalá le pudiesen dar la oportunidad de trabajar y sentirse útil. También es bueno estimular la práctica de algún deporte, pues además de las descargas hormonal y emocional que permite, el deporte es una excelente manera de aprender de los errores. En sexto lugar, los padres deben entender que otra tarea muy difícil que tiene el adolescente es decidir a qué se va a dedicar el resto de su vida. Para eso es bueno no sólo explicarle con palabras, sino mostrarle con ejemplos de vida cómo son las distintas profesiones. Por último, los padres no deben entrar en luchas de poder con sus hijos adolescentes. Recuerde que usted es el adulto, que ya sabe para dónde va y qué quiere. Ellos no y por eso se angustian. Tenga reglas claras, pero también sepa llegar a acuerdos. Para los hijos adolescentes también hay consejos 1. Recuerden que todos hemos pasado por ahí y salimos adelante. ¡Ustedes también lo lograrán! 2. Sepan pedir excusas cuando se equivocan y pedir ayuda cuando están mal. 3. Recuerden que sus papás no saben muy bien cómo ayudarles. Díganles lo que sienten y lo que nece-sitan. 4. Recuerden que ustedes son los dueños de su vida, los demás sólo podemos acompañarlos y guiarlos. 5. No se tomen todo tan en serio; observen, refle-xionen y ríanse un poco. 6. Traten de controlar los excesos. La adolescencia es una época de mucha curiosidad en la que se prueban muchas cosas. ¡Cuidado con esto! No hay que probarlo todo para saber si es malo. 7. Escuchen su voz interior. Ésta siempre los guiará pues es la voz de la verdad. 8. Las amistades son clave, pero no lo son todo. Disfruten también de su familia y de otras personas. 9. Busquen un deporte, un hobby, un pasatiempo que les satisfaga y que les permita ser ustedes mismos. 10. Nunca olviden la importancia del respeto. Nada nos da derecho a ofender ni humillar a los demás. ESTILOS DE APRENDIZAJE ¿Cuál es el estilo de aprendizaje de sus hijos? Lucía es una niña popular, con grandes destrezas sociales. Es bonita, inteligente y simpática, y por eso nadie entiende por qué no le va bien en el colegio. Lucía tiene un estilo de apren-dizaje especial, por lo menos, uno no tradicional. Necesita moverse para aprender y tiene excelente memoria visual, pero no se acuerda de ninguna instrucción oral. Se demora comprendiendo lo que lee y necesita más apoyo de sus profesores. ¿Aprende usted mejor en una habitación silenciosa o cuando escucha música? ¿Aprende mejor sentado en un escritorio, en un sofá o en el piso? Todos tenemos nuestro propio y único estilo para aprender. Esto quiere decir que tenemos una serie de fortalezas y debilidades, y su interacción va a determinar la eficacia de nuestro aprendizaje. Recientes investigaciones de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, han demostrado que cada ser humano tiene un cerebro único e irrepetible. Podrán tener funciones paralelas o similares, pero cada cerebro aprende de manera distinta. Estas diferencias son más marcadas cuando se trata de aprender algo nuevo y difícil. Por esto es importante que empecemos a entender nuestro propio estilo de aprendizaje y el de nuestros hijos. El estilo de aprendizaje depende en parte de funciones biológicas, pero también implica variables emocionales y sociales. La manera como nos con-centramos, procesamos y recordamos la información contribuye al estilo de aprendizaje. Para identificar el estilo de aprendizaje se deben tener en cuenta las siguientes variables, definidas por Rita y Kenneth Dunn: 1. El sonido: Si aprendo mejor con ruido, con música o en silencio. 2. La luz: Si aprendo mejor con luz fuerte y luminosa u opaca. 3. El espacio físico: Si aprendo mejor sentado en un escritorio o en el suelo. 4. La persistencia: Si cuando empiezo algo no me detengo hasta terminar, o me sirve más trabajar por ratos cortos. 5. El nivel de estructura: Si aprendo mejor o entiendo más cuando me dan las instrucciones paso a paso, o cuando sólo me las indican a nivel general. 6. La variable sociológica: Si estudio mejor solo o acompañado. 7. La variable perceptual: Si me acuerdo mejor de lo que veo, de lo que oigo o de lo que hago. 8. La comida: Si cuando estoy estudiando me ayuda comerme algo, o si por el contrario me inte-rrumpe. 9. El momento del día: Si aprendo mejor por la mañana, o estoy más lúcido por la noche. 10. El nivel de movimiento: Si aprendo más fácil cuando me estoy moviendo o cuando estoy sentada. Por otra parte, hay dos estilos de procesamiento de información básicos: el analítico y el global, que son los que utilizamos la mayoría de las personas. Las personas analíticas aprenden más cuando la información es suministrada paso a paso. Les molesta perder el hilo y necesitan entender para dónde va la lección. Las personas que aprenden más fácilmente de manera global encuentran este enfoque aburrido. Ellas aprenden mejor con anécdotas o historias cortas. También a través del humor, los símbolos, las gráficas o las ilustraciones. Los analíticos prefieren el silencio mientras aprenden, la luz fuerte, la ubicación tradicional (pupitre o escritorio), empezar y terminar una sola tarea, y luego proceder a la siguiente, e ingerir bebidas y alimentos sólo al ter-minar la tarea. Los globales por el contrario pre- fieren aprender en un medio que tenga música o conversaciones periféricas, luz suave, estar sentados en un sofá o en el piso, trabajar en varias tareas de manera simultánea y comer mientras estudian o trabajan. El estilo de aprendizaje se puede analizar también en términos de canales de entrada de la información. Hay personas que son netamente visuales, es decir que tienen que ver las cosas para poder procesarlas y recordarlas. En esta categoría están las personas con memoria fotográfica. Hay otras que necesitan escuchar lo que quieren apren-der para que se les grabe. Son las personas auditivas por excelencia, a las cuales no se les olvida nunca un cuento, un chiste o una conversación. Existe un grupo minoritario que necesita tocar para aprender. Esto ocurre mucho con los niños cuando están más pequeños. El tacto les sirve para grabar mejor la información. Hay otro estilo que se denomina ”ki-nético”, que se aplica a quienes sólo logran optimizar el aprendizaje a través del movimiento. Mueven el pie, la mano (por ejemplo, necesitan tomar notas) o todo el cuerpo y así aprenden mejor. Es bueno que observe cuidadosamente a sus hijos y logre entender cuál es el estilo de ellos. No necesariamente va a ser igual al de sus progenitores. Respetar estos estilos puede significar el éxito o el fracaso escolar de sus hijos. Para los maestros esta información también es esencial, pues deben en-señar de diferentes maneras para que cada niño logre desarrollar al máximo su potencial. Utilizar una sola estrategia, como sucede en la clase magistral, puede afectar negativamente a muchos de los estudiantes. Reflexionar sobre nuestro estilo de aprendizaje es básico, porque éste va a afectar directamente la manera como enseñemos. CALIDAD VS. CANTIDAD DE TIEMPO DE LAS MADRES Todas las mamás que trabajamos sentimos algo de culpa por tener que dejar a nues- tros hijos solos. Esto es inevitable. Hay que manejar este sentimiento volviéndolo una fuerza positiva y organizadora. Cuando una madre tiene que trabajar, no hay alternativa. Lo importante es lograr que esto no afecte negativamente a nuestros hijos. Por esta razón hay que organizarse bien. Lo primero es conseguir a alguien de mucha confianza que nos ayude con el cuidado del niño. Esta persona debe recibir un entrenamiento previo, mientras la madre está presente, para que la tran-sición sea menos dura. Las rutinas deben respetarse para que de esta manera el pequeño extrañe a su madre lo menos posible. La madre nunca debe irse de la casa sin despedirse, aún cuando el niño llore. Así con el tiempo el niño entenderá que su mamá es alguien en quien puede confiar. Esto es clave. Hay muchas mamás que por no ver llorar a sus hijos, se desaparecen; esto empeora la situación. El niño que desde que nace se acostumbra a que su mamá no está todo el tiempo, lo maneja bastante bien. Muchos estudios indican que estos niños tienden a ser más responsables y menos dependientes. ¡Todo tiene su lado positivo! La clave está en tener un tiempo individual con cada hijo al llegar a casa. Así el niño va desarrollando un vínculo con la mamá. Cuando el niño es pequeño, ojalá sea la mamá quien lo bañe y le dé de comer en las noches. El horario del pequeño debe acomodarse al de la madre. El fin de semana también hay que aprovecharlo. Cada momento que una mamá tiene con su hijo es oro. Hay que cuidarse de caer en las trampas que tiende la culpa y conceder permisos excesivos o mimos exagerados en compensación por la ausencia, pues eso no es muestra de amor. Estar allí cuando los hijos nos necesitan es lo importante. Por eso acompañarlos al autobús, ir a las citas escolares, estar para el cumpleaños y quedarse con ellos cuando están enfermos es lo que en realidad cuenta. Las buenas mamás no les fallan a los hijos por el hecho de trabajar, aunque todas quisiéramos compartir más tiempo con ellos. Para las madres que no trabajan Por lo general las madres que no trabajan enfrentan un dilema que tiene que ver con la calidad vs. la cantidad del tiempo que pasan con los niños. La cantidad de tiempo que se pase con un hijo puede o no tener calidad. Sé de muchas madres que se sienten agobiadas por la maternidad a causa de la cantidad de tiempo que pasan con los hijos. Se cansan de ellos y de sus rutinas diarias hasta el punto de que a veces comienzan a maltratarlos. Una mala relación entre madre e hijo puede causar muchos problemas psicológicos severos. Generalmente esta relación es muy estrecha y cuando es negativa y mamá aparece como casi omnipotente y omni-presente, los niños tienen dificultades para desa- rrollar autonomía. Ya sea que la mamá trabaje o no, debe estar pendiente de que la calidad del tiempo que pasa con sus hijos les dé fuerza emocional. Esto es lo verda-deramente importante. criar hoy Los padres de hoy están preocupados y con razón. Se ven muchos niños que no tienen límites y sí mucho poder, que no se ajustan a los patrones convencionales y, peor aún, que son poco felices. Viven en una búsqueda constante de fron-teras y placer. En muchos hogares hoy impera la ”permisividad”. Debido a múltiples circunstancias, entre las que están el hecho de que ambos padres trabajan y tienen miedo de traumatizar a su hijos, en muchas familias no se están estableciendo víncu-los sanos entre padres e hijos. Los padres les per-miten a los niños hacer lo humano y lo divino y les conceden tanta atención que los acostumbran a ser siempre los ”protagonistas”. Desde pequeños los niños hacen su voluntad, se acuestan a la hora que les provoca, se les compra todo lo que quieren, se les ayuda en todo... Todo por miedo a que se traumaticen. Los padres encuentran hoy más problemas a la hora de criar porque el mundo es más complejo. Desde pequeños, los niños viven bombardeados por toda clase de estímulos, algunos positivos pero otros muy negativos. El nivel de agresión y violencia al que están expuestos es muy superior al de antes. Esto complica la crianza. Muchos niños hoy con-testan feo, actúan agresivamente y, sobre todo, son muy egocéntricos. Tienen grabadas en el incons-ciente miles de imágenes de la televisión o el compu- tador, que ni su cerebro ni sus emociones están listos para manejar. Aquí es donde los padres debemos entrar en acción. Ante tanto estímulo agresivo que amenaza a nuestras familias, debemos volver a la seguridad de los valores tradicionales. Necesitamos tener una estructura clara en nuestro hogar. Rescatar la tranquilidad que ofrecen la organización y las ru-tinas. Nuestros hijos tienen que tener horarios y ser conscientes de que sus actos tienen consecuencias claras. Tener rutinas le ayuda al niño a ser capaz de predecir lo que viene y por lo tanto baja los niveles de angustia y lo tranquiliza. Inicialmente un niño rechaza las rutinas y los límites, pero poco a poco, si se es firme y justo, termina por asimilarlos y agradecerlos. Tener en sus padres a unos buenos guías también les ayuda a no salirse del camino correcto. Es muy asustador para un niño asumir el papel de ”guía”, cuando en su fuero interno sabe que no está preparado para serlo. Los niños nece-sitan a un adulto seguro que ilumine el sendero y muestre un camino claro. Es necesario que los padres crean en sí mismos, que no teman equivocarse y que valoren su sentido común. Los padres deben hacer de su familia un lugar seguro que les dé fuerza a los hijos. La combinación perfecta es el amor y una disciplina adecuada. No hay que caer en ningún extremo. El niño debe aprender a respetar a sus padres, para que así el día de mañana pueda respetarse a sí mismo y a los demás. El amor no se comunica de una manera adecuada sin una disciplina efectiva. La disciplina es mucho más que un acto ocasional, es una filosofía de vida que implica reglas y límites. Decida cuáles son sus prioridades y póngase en la tarea de criar hijos seguros y buenas personas. Siete herramientas clave para criar hijos sanos La combinación de estas herramientas proporciona lo que sus hijos necesitan; una sola no surte el efecto deseado. 1. Un buen mensaje de amor, que llegue a través de actos, palabras, gestos o caricias. Asegúrese de que su hijo se sienta amado. 2. Una disciplina efectiva, que no es más que una serie de reglas que ayudan al niño a entender qué es correcto y qué no. 3. Poner límites, saber decir ”no” cuando sea necesario. 4. Una comunicación clara, que implica decir y hacer lo que se dice. 5. Averigüar cuál es la causa que motiva el comportamiento inadecuado del niño. Un niño no se porta mal por que sí. 6. Establecer metas a corto plazo, con los hijos nada funciona a largo plazo. 7. Ser paciente y tolerante, pero firme. Esta combinación es la clave del éxito. Cuando los niños se enferman Los niños se enferman con cierta fre- cuencia, lo que no sólo tiene un impacto en su cuerpo sino también en su ánimo y en su estado psicológico. El niño enfermo puede ponerse irritable o triste, así que es importante tratarlo con mucha consideración. Estos cuidados especiales el niño no los olvidará nunca. Cuando están enfermos, los pequeños necesitan más seguridad que nunca. Si su hijo se enferma, no lo deje solo. Un adulto debe estar vigilando los síntomas físicos, al igual que los Cuando los niños se enfermanemocionales. Explíquele al niño lo que le pasa y asegúrele que usted estará ahí y que su dolencia es pasajera. Si un niño tiene una enfermedad crónica es bueno explicarle lo que pasa, para que él también ayude en su cuidado. Obviamente las explica- ciones deben ser sencillas, de manera que él las entienda. La hospitalización de un niño también requiere preparación previa, así que hablar con él antes de llevarlo al hospital es clave. En el caso de una cirugía, ojalá el niño pueda conocer bien al médico y a las enfermeras antes de la operación. Hay que pre-pararlo para que se sienta lo más cómodo posible; por ejemplo, permítale llevar algunos juguetes y lleve usted mismo objetos familiares, pues sirven como símbolos de seguridad y esperanza. Una experiencia negativa con el hospital y los médicos puede ser muy traumática para un niño. Si hay que aplicarle anestesia general, el padre o la madre deben estar presentes hasta que se duerma. Cuando un niño tiene un accidente y hay que suturarlo o enyesarlo, los papás deben estar pre-sentes validando sus sentimientos y dándole fuerzas para soportar el dolor. Contarle un cuento o ponerle música que le gusta también sirve para tran-quilizarlo. Hay niños más ansiosos que otros y esto se debe respetar. No hay que hacerlos sentir mal porque tengan miedo. Nuestro deber como padres es acompañarlos y así contribuir a que la experiencia no sea tan dolorosa. Una presencia afectuosa perma-nente es el mejor regalo que les podemos dar a nuestros hijos cuando se enferman. La recuperación también puede ser difícil de manejar. El niño pequeño que se enferma con un fuerte resfriado y recibe muchas atenciones queda acostumbrado a ellas. Que vuelva a dormir en su cuarto, y mostrarle en general que todo volvió a la normalidad, no es tarea fácil. Muchos niños tienden a asociar la enfermedad con atención y si esto ocurre hay que tener especial cuidado. Es importante mostrarles que la recuperación de una enfermedad es grata no sólo por el bienestar físico recuperado, sino porque pueden recibir atención sin necesidad de estar enfermos. Esto hay que hablarlo de manera clara y explícita. Frases como: ”Veo que piensas que sólo estando enfermo te presto atención, pero también te puedo querer mucho cuando estás bien” o ”Te acostumbraste a dormir conmigo porque te sentías mal, pero eso ya pasó y ya no necesitas ese cuidado”, son las que debe utilizar para hacerle más fácil a su hijo el regreso a la normalidad. LA IMPORTANCIA psicológica DEL JUEGO Es fundamental que los padres entiendan la importancia del juego. Éste no es sólo un entretenimiento, una recreación o algo para divertirse. El juego cumple una función psicológica. Le permite al niño pequeño expresar sus emociones y temores y además es el inicio de la socialización. Si miramos a cualquier niño del mundo, éste juega más o menos lo mismo en cada etapa del desarrollo: al doctor, al papá y a la mamá, a disfrazarse, con los animales, con los bloques y con las ollas. El niño infante (1-2 años) juega mucho solo. Se inventa cosas y deja volar su imaginación. Puede incluso tener un amigo imaginario al que le da nombre y todo. A los 3 años ya está capacitado para jugar con otros pequeños. Hasta ese momento el juego es paralelo al de sus compañeros. Es muy preocupante cuando un niño no juega, pues esto indica que no está haciendo contacto con su interior ni con los objetos exteriores. A través del juego el niño nos muestra que se está desarrollando e interactuando con su medio. Es el inicio del compromiso con las cosas. Un niño que tiene un juego activo es un niño sano. La tarea principal de la niñez es lograr buenas destrezas en el juego. A través del juego, el niño logra dominar sus emociones y las sublima. Por ejemplo, si el niño se siente atemorizado por algo, lo más probable es que juegue con algo que exprese su miedo. Por eso el niño repite y repite el mismo juego hasta que logra dominarlo. Lograr dominar algo le da fuerza psicológica. Todos hemos visto cómo un niño pequeño pide repetir la misma película por los menos unas cincuenta veces. Ésta es su manera de buscar controlar su medio, pues a fuerza de repetir el niño sabe lo que va a ocurrir. Esto le permite predecir y anticipar, lo cual le da al pequeño una grata sensación de tranquilidad y control sobre su mundo. Los niños mayores juegan a saltar la cuerda, y a las escondidas y juegos de mesa, y es ahí donde verdaderamente se aprende la tolerancia, base esencial para socializar. Esperar el turno, perder, ganar, cooperar y trabajar en equipo es lo que se necesita para convivir con otros. A través del juego el niño se forma un concepto de sí mismo, de sus fortalezas y sus debilidades. El contacto permanente con niños de su edad le da información invaluable sobre sí mismo con relación a los otros. El juego tam-bién le permite competir de una manera protegida. Como usted puede ver, jugar no es sólo pasar el tiempo. Por el contrario, el juego debe ser fomen-tado al máximo por los padres. También traer amigos(as) a la casa e ir a la casa de otros es aconsejable y necesario. Sólo a través de estas experiencias, conocen los niños el mundo y ensayan para enfrentarse a lo que viene después. Cuanto más creativo sea un niño en sus juegos mejor. La fantasía ocupa un lugar protagónico en los siete primeros años de vida. Poco a poco desaparece para dar lugar a lo que se llama juicio de realidad. Hasta los seis años el niño puede confundir el mundo de la fantasía y la realidad. La creatividad, sin embargo, puede y debe permanecer en la realidad. La existencia de la ”magia” en la niñez no se olvida nunca y deja huellas maravillosas en nuestra vida. Apoye el juego y entienda su importancia. Sin el juego, sus hijos no podrán crecer sanos. LAS VACACIONES Todas las familias esperamos con alegría las vacaciones. Las vemos como un oasis de descanso, tan merecido para todos. Sin embargo, la sorpresa es grande cuando salimos por primera vez a vacaciones con nuestros hijos pequeños y éstas no resultan ni tan maravillosas ni tan especiales, sino más bien un desastre. Por esto resulta importante redefinir el con-cepto de ”vacaciones”. Las vacaciones en general significan un cambio de actividad, una ruptura de la rutina, un descanso de lo que venimos haciendo, pero de ninguna manera significan ”no hacer nada”. Para muchas personas, sin embargo, vacaciones e inac-tividad son sinónimos. Creo que de ahí viene el problema. Los nuevos padres son tal vez los que más diferencias encuentran al ir de vacaciones por pri-mera vez con un hijo a bordo. El cambio de rutinas hace que los niños se vuelvan más irritables. Esto sumado al cambio en la comida puede producir una baja en las defensas y el niño se puede enfermar. Por eso es bueno llevarle ciertas comidas y juguetes conocidos para que no extrañe tanto. También es útil tratar en lo posible de respetar las rutinas. Muchas parejas pelean y se desesperan durante las vacaciones. No están acostumbradas a pasar tanto tiempo juntas e inicialmente se desequilibra la rela-ción. Todo esto puede terminar siendo un caos, pero no si se sabe de antemano que algo así puede pasar y uno se prepara adecuadamente. En primer lugar se deben ajustar las expectativas; luego buscar un sitio seguro para los niños; en tercer lugar se puede LA PAZ SE HACE EN FAMILIA La paz se hace en familia, así de sencillo. Cada uno de nosotros en nuestra casa puede hacer una diferencia en la vida de nuestra familia y por lo tanto de nuestra comunidad. Es cuestión de creer en la fuerza de una buena familia. Una buena familia se construye y se fortalece día a día haciéndole llegar un mensaje claro de amor a todos sus miembros. El amor puede llegar de muchas maneras, pero tiene que ser el protagonista central. Sin él no podemos construir el respeto y la autoes-tima de los hijos. No es una tarea fácil, pero con un pequeño esfuerzo diario se puede lograr. Refle-xionemos entonces un poco sobre qué es una buena familia. Una buena familia es aquélla que ayuda a todos sus miembros a crecer y a ser fuertes. Es un núcleo en el que existe un clima de confianza que les permite a todos contar las cosas diarias sin temor a ser juzgados. Una buena familia es tolerante ante las debilidades de cada uno, y también apoya sus talentos y fortalezas. Tiene un espacio para los errores porque entiende que sólo así se puede crecer adecuadamente. Logra un equilibrio entre la auto-ridad y el amor, lo cual permite el desarrollo sano de sus miembros. Una buena familia tiene rutinas y ritos que todos respetan. Comen juntos aunque sea una vez al día. Celebran los cumpleaños y las navidades juntos. Se acompañan en las buenas y en las malas. Pasan tiempo juntos y también abren un espacio para el tiempo individual. En una buena familia hay respeto por los padres y por los hijos. El maltrato se dismi-nuye. Se acepta el conflicto como parte necesaria de la vida cotidiana. La convivencia implica siempre conflicto, pero se asume una actitud constructiva frente a éste. En una buena familia los padres les enseñan a los hijos con su ejemplo valores como la honestidad, la generosidad, el respeto y la confianza. Los hijos reciben supervisión de los padres, pero no una atención exagerada, y los padres están siempre disponibles, pero sin involucrarse en exceso en la vida de los hijos. En una buena familia hay un poco de todo, pero no se rotula a los hijos. Encasillar a un hijo como el difícil, o a otro como el inteligente, es muy dañino y no permite el cambio. Cada persona tiene derecho a ser como es y debe tener la libertad de desarrollar su potencial. Una buena familia es capaz de darles a los hijos el mensaje de que, pase lo que pase, los padres siempre estarán ahí para ellos. Pertenecer a una familia fuerte y unida es el mejor legado que podemos dejarles a nuestros hijos y a las futuras generaciones. Esto se lleva muy adentro y vale más que el dinero, el poder o cual-quier otra riqueza. Construyamos ”familias buenas” de verdad y así podremos construir una verdadera paz.
Formato: 12.5X18.5
No páginas: 296
Encuadernación: Rústica con solapas
Derechos: Latinoamérica

Educando a los hijos
La buena crianza
Producto Descontinuado
Autor(es)
Annie de Acevedo

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Los padres oímos con frecuencia cómo es de fácil malcriar a los hijos. Se nos dice qué no debemos hacer, qué es peligroso, qué causa daños irreparables, pero pocas veces se nos dice con claridad qué cosas sí podemos hacer con los hijos y cómo hacerlas y, sobre todo, pocas veces se nos dice que lo más importante es gozar de la experiencia de ser padres, porque ésta es la base fundamental de la buena crianza. Annie Rehbein de Acevedo es una reconocida psicóloga colombiana, especializada en psicología infantil, que lleva más de veinte años trabajando con niños y asesorando a padres en el proceso de criar. En este sugestivo libro Annie ha recogido una serie de artículos breves sobre distintos aspectos de la crianza, que buscan por un lado motivar en los padres la reflexión sobre algunos temas cruciales de la relación padres-hijos, y por otro, armarlos con una serie de pautas y herramientas prácticas y sencillas que les permitan desenvolverse con más facilidad en situaciones específicas, y en consecuencia, disfrutar con más libertad de la experiencia de la paternidad. Nadie dijo que ser padres fuera fácil, pero tampoco debemos permitir que se convierta en una tarea difícil que opaque la felicidad de ver crecer a nuestros hijos. La buena crianza reúne en un manual ágil y de fácil consulta buena parte de la información y los consejos que necesitamos oír para ser unos padres buenos y felices… El resto dependerá de la imaginación de cada uno.


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